A principios de mes vimos la noticia de que una atleta desconocida de 15 años ganó por primera vez una medalla en un deporte desconocido también: Ginger Molinares de Baja California se colgaba el bronce en el campeonato mundial de sambo en Grecia en la división cadete femenil -50 kg. Lo increíble de la noticia para mí no fue que una atleta mexicana haya logrado algo sin precedentes, sino que no fueron medios de comunicación mexicanos los primeros en publicarlo, el trascendido salió de una redacción española anunciando la derrota de su compatriota ante la mexicana.
Ginger Molinares se cuelga el bronce mundial de sambo en Salónica
Ginger Molinares Torres, sambista de 15 años originaria de Mexicali, Baja California, subió al podio del Campeonato del Mundo Cadete, Youth y Junior de la Federación Internacional de Sambo (FIAS), disputado del 2 al 4 de octubre en el PAOK Sports Arena.
En cuanto la nota llegó a redes, entonces sí, todo el mundo se colgó de ella (en esta redacción pecamos un poquito de lo mismo). Muchos portales de noticias, influencers y comentaristas, incluso cuyo giro no es primordialmente el deporte, mucho menos el deporte de combate, lo anunciaron justo como un hecho sin precedentes intentando explicar y dar contexto de lo que es el sambo, una disciplina que en México es virtualmente desconocida para la mayoría de la población, aunque se practica de manera regular en algunas universidades como parte de su programa. Para nada es queja y celebro que los medios en este país le den visibilidad a un deporte tan de nicho y especialmente al logro de una connacional.
Investigando más al respecto, me topé con que esta medalla no es la primera que consigue fuera del país, el año pasado también ganó una plata en el mundial de la IMMAF (International Mixed Martial Arts Federation) y por lo que investigué tiene experiencia en lucha, jiu-jitsu y taekwondo y esto es lo que más me llamó la atención de esta joven.
La experiencia en tantas artes marciales quizá nos suene increíble, literalmente increíble, a gente como yo que crecimos, nos formamos y competimos en el taekwondo, pero no sólo a los que pertenecemos a este mundillo, es el caso también del karate, el judo y el box (quizá algunas más). Quienes crecemos en estas disciplinas deportivas olímpicas (el karate no está actualmente en el programa olímpico, sin embargo participa en todos los juegos multideportivos del ciclo) es muy raro que volteemos a ver hacia otro lado, normalmente se busca una hiper-especialización con miras a los eventos futuros, uno empieza a conocer o incursionar en otras artes marciales o deportes de contacto una vez terminado el propio ciclo competitivo y en muchos casos ni así.
Cuando empezamos con Kombat Taekwondo y mucha gente de distintas disciplinas se empezó a sumar fue cuando aprendí que en el mundo de los deportes de contacto rara vez alguien se especializa en un sólo estilo, es lógico, nunca sabes con qué te vas a encontrar enfrente y debes estar listo para todo. Lo que he aprendido en los últimos años es que todos participan en todo, es más, he sabido de casos de gente que se presenta a pelear en algún formato y leen el reglamento un día antes, algunos incluso después de ya haber dado el peso.
En los deportes olímpicos, al menos quienes compiten a un alto nivel, se busca la gloria: poder salir a pelear con el nombre de tu país en la espalda, subirte al podium con tu bandera, que tu nombre sea recordado y un montón de valores, que aunque nobles, son realmente efímeros (y falsos, pero esa es otra historia que debe ser contada en otra ocasión…). La cantidad de medallistas olímpicos, de todas las disciplinas, que terminan manejando un taxi, pintando casas o simplemente en la calle después de sus días de gloria es abrumadoramente preocupante, amén de los desórdenes mentales que vienen intrínsecamente ligados con el alto rendimiento y que nadie los advierte.
En el tema de otros deportes de combate no olímpicos como los que Ginger practica, me atrevo a decir que el objetivo final es la profesionalización, es decir, no te preparas para un momento de gloria, sino para poder vivir de la pelea, lo cual me parece un objetivo mucho más noble y realista que el sueño olímpico, ojo aquí, porque no digo que no se deba perseguir el sueño de los aritos, sólo estar consciente de que termina pronto y después el futuro es inciertísimo.
Otra cosa que me sorprendió del caso de Ginger no fue darme cuenta de que compite en tantas disciplinas a la vez, sino la edad en la que lo hace. Es muy común verlo en peleadores ya maduros, pero es la primera vez que me toca atestiguarlo con alguien menor de edad y además mujer, no por el género, sino porque son el nicho del nicho. Además de que es el primer caso con estas características del que yo me entero aquí en México, seguramente debe haber más, aunque no sé si bastantes más, ya ven que yo vivo bajo una roca. Sé que en Estados Unidos es una práctica común desde edades tempranas y no me sorprende que sea en un estado fronterizo donde se esté dando.
El caso de Ginger Molinares me parece emblemático porque es el primero de este tipo que llega al mainstream. Por la forma en la que funcionan los medios en México probablemente no volvamos a saber de ella hasta que vuelva a conseguir una medalla internacional como la de ahora, eso es normal en este país, pero rescato y celebro que alguien con ese perfil ya esté en el mapa porque visibiliza a una minoría, especialmente porque es una minoría que no goza del apoyo gubernamental que sí tienen los deportes olímpicos y hay que estar consciente de una cosa: no importa si la meta son los aros o la profesionalización, el camino, invariablemente, es cuesta arriba.




